-¿C.cómo?-se creó un silencio entre ambos que no tardó mucho en romperse.-¿Cómo que no iba en ese sentido, a qué te refieres, Dani?
-Ya lo sabes.-le contesté aún serio.
-No entiendo nada...-dijo sacando una media sonrisa.
-¿Qué es lo que no entiendes, Anna?-pregunté algo picado.
-No entiendo por qué me dices eso... si... si estás saliendo con Cris.-dijo poniéndose seria.
-Joder Anna... Si, estoy saliendo con Cris pero...
-¿Pero?
-Huh, veo que no pillaste muy bien mis indirectas de antes...
-Pues no.
-Que Cris es muy buena chica pero... que...-tragué saliva.-que estoy enamorado de ti, Anna.-dije notándome un nudo en la garganta. Mis ojos se entornaron y enseguida sentí que mis lágrimas ya estaban detrás de ellos, listas para salir. Hice un esfuerzo para mirar a Anna a los ojos pero al mirárselos, una lágrima bajó por mi mejilla. Inconscientemente, me tapé la cara con las manos.
-Eh...-dijo ella tocándome el brazo.-Ven aquí.-me abrazó con la mesa en medio de los dos, pero eso ya no nos importaba. Sentí el calor de su cuerpo en el mío y sus labios temblando en mi cuello, sensación que me hizo estremecer. Percibí el primero de sus besos, también en mi cuello, y enseguida noté como se erizaba cada parte de mi piel. -Jamás voy a olvidar esta sensación.-me dije a mi mismo. Anna se separó lentamente y me miró a los ojos. Vi que ella también los tenía llorosos y me salió una pequeña sonrisa.
-Quédate aquí, ahora vuelvo.-me susurró antes de entrar en la cafetería. Aproveché para quitarme las lágrimas y quedé apoyado en la pared, esperándola. Me sentía desprotegido, y libre a la vez. Como si todo sólo dependiera de mí en ese momento. Vivir la vida que yo quería, eso era lo que quería hacer.
-Ya estoy. Vámonos.-dijo Anna cogiéndome del brazo.
-Anna... lo siento.-le dije después de empezar a andar.
-¿Por qué?-me preguntó.
-Por decirte esto así, de esta manera... sé que tu también tienes pareja, pero... ¿Sabes? en este momento, me da igual todo. Creo que estoy harto de no hacer lo que quiero por vergüenza, o porque ahora parece que las cosas nos van bien. Pues no, a mí no me van bien. No estoy bien con Cris, necesito a alguien que me pueda satisfacer del todo... Y, ¿por qué no decírselo a ese alguien, si la veo cada día? ¿Si la tengo a un metro de mí cada tarde; si no puedo parar de mirarla, sonreírle, y soñar con ella cada segundo de mi día a día?-en ese momento, nos habíamos parado. Anna se había puesto a escucharme detenidamente, mirándome fijamente a los ojos. Su sonrisa hacía que mis ojos brillaran aún más.
-Uff... esto si que no me lo esperaba... ¿Sabes las veces que he deseado que tomaras esta decisión? No, no eres consciente de lo que siento por ti. ¿Crees que estoy bien cuando te veo con ella por el programa? ¡Si ya te lo dije! ese día, en tu camerino... me entró un ataque de celos y te lo dije. Te dije que sabía que no podías estar sin mí y que en realidad estabas enamorado de mí. Y fue muy egoísta por mi parte, lo sé. Por eso luego me arrepentí y te dije que me confundí y que las cosas estaban bien como estaban, que teníamos que ayudarnos mutuamente... pero no. No pienso eso.
-Joder... Me da igual todo. Quiero estar contigo, Anna.-le dije acercándome a ella.
-Y yo... te necesito.-susurró. Vi cómo se le encharcaron los ojos. Lentamente, le acaricié las mejillas con mis dos manos y me acerqué a sus labios. Temerosos, pero perfectos. Algo en mí me incitó a acercarme cada vez más, hasta rozar mi boca con la suya. Sus lágrimas ya se encontraban por sus mejillas, pero ella seguía inmóvil, esperando. Abrí un poco mis labios y la besé suavemente, haciendo que a ambos se nos cerrasen los ojos automáticamente. La besé sintiendo cada parte de sus labios en los míos como hacía tiempo que no sentía. Una serie de besos lentos que terminaron haciéndose suyos. Nuestros labios no paraban de acariciarse, mezclándose con sus lágrimas, que aún recorrían sus mejillas. Mis manos restaban en su cara, acariciando su piel y percibiendo aún más sus ganas de besarme. Abrí la boca y noté como ella abría sus labios también, para hacer el beso aún más placentero. Ambos nos pedíamos más y no fuimos capaces de despegarnos. Noté como sus manos se colocaban en mi espalda mientras su lengua, libremente, hacía camino por mi boca hasta encontrarse con la mía. Deseé mil veces que ese momento no acabara nunca. Y es que, sorprendentemente, nunca antes me había sentido igual.